Congresistas

Petróleo, geopolítica y autonomía: la vigencia de la expropiación en tiempos de guerra en Medio Oriente

El 18 de marzo de 1938, México tomó una decisión que resonaría en la historia: expropiar la industria petrolera que en ese momento estaba en manos de compañías extranjeras. Casi nueve décadas después, aquel acto de soberanía adquiere una nueva relevancia cuando el mundo contempla cómo Medio Oriente, epicentro global de los hidrocarburos, se consume en llamas. La guerra en esa región no es un conflicto lejano; es un recordatorio brutal de que la dependencia energética es una forma de vulnerabilidad geopolítica. En este contexto, la vigencia de la expropiación cardenista se redefine como la urgencia inaplazable de alcanzar una plena soberanía energética que proteja a México de los vaivenes de un mercado internacional cada vez más violento e incierto.

Cuando estallan conflictos en el Golfo Pérsico, el mundo entero contiene la respiración. No es una exageración: cada vez que un buque petrolero es atacado en el estrecho de Ormuz o cuando Israel e Irán intercambian misiles, los precios del petróleo se disparan en las bolsas globales en cuestión de horas. Para un país como el nuestro, que aún importa alrededor del 75% del gas natural que consume y una parte significativa de sus combustibles, estos eventos no son asuntos ajenos, sino factores que impactan directamente el bolsillo de las familias y la estabilidad de las finanzas públicas.

La guerra en Medio Oriente expone con crudeza la falacia de confiar la seguridad energética nacional a las fuerzas del mercado global. Durante décadas, quienes respaldaron las políticas neoliberales en México apostaron por entregar el sector energético a la inversión privada bajo el supuesto de que la competencia traería eficiencia y precios bajos. Lo que no se dijo es que esa “eficiencia” dependía de cadenas de suministro controladas desde el extranjero y de una paz geopolítica que hoy se ha fracturado. La guerra entre Rusia y Ucrania en 2022, así como los actuales conflictos en Gaza y el Golfo Pérsico, han demostrado que la energía se utiliza como arma de guerra. Frente a ello, la expropiación de 1938 cobra vigencia como la afirmación de que los recursos energéticos de una nación no pueden quedar sujetos a los intereses de potencias extranjeras ni a la inestabilidad de regiones en conflicto.

La soberanía energética, entendida en el siglo XXI, va más allá de la propiedad formal del subsuelo. Implica la capacidad real de producir, transformar y distribuir los energéticos que el país necesita sin depender de actores externos. En este sentido, la actual administración ha impulsado la recuperación de Petróleos Mexicanos como eje estratégico. La construcción de la refinería Olmeca, en Dos Bocas; la adquisición de Deer Park, en Texas, y el esfuerzo por reducir la deuda de la paraestatal buscan justamente reducir esa dependencia. 

Sin embargo, la guerra en Medio Oriente exige acelerar el paso. Mientras el conflicto entre Irán e Israel amenaza con escalar y poner en riesgo el suministro mundial de crudo, México aún no logra la autosuficiencia en gasolinas y sigue siendo un importador neto de gas natural. Cada crisis en Oriente Medio es una prueba de estrés para la economía nacional. La experiencia mundial reciente de 2022, cuando los precios de los combustibles alcanzaron máximos históricos, mostró que la dependencia energética se traduce directamente en inflación, descontento social y freno al crecimiento económico.

La paradoja actual es que, mientras el mundo intenta avanzar hacia una transición a energías limpias para reducir la dependencia de regiones conflictivas como Medio Oriente y en combustibles fósiles, la guerra misma ha frenado inversiones verdes y ha llevado a varios países europeos a reactivar plantas de carbón para garantizar su suministro. Para México, esto implica una doble tarea: fortalecer la soberanía en hidrocarburos en lo inmediato, al mismo tiempo que se desarrolla el potencial en energías renovables para, en el mediano y largo plazo, desacoplarse definitivamente de esta volatilidad.

La Presidenta Claudia Sheinbaum ha planteado esta visión integral al señalar que la soberanía energética del siglo XXI no solo consiste en petróleo y gas, sino también en aprovechar el sol, el viento y el hidrógeno verde.

La expropiación petrolera, como un hecho histórico, no es para contemplarlo desde la nostalgia. Su mensaje cobra importancia y vigencia cada vez que estalla un conflicto en Medio Oriente y nuestro país enfrenta esta vulnerabilidad en sus finanzas y el posible impacto inflacionario. El mundo ha entrado en una era de guerras energéticas, donde el control de los recursos define alianzas, sanciones y hasta intervenciones militares. En ese escenario, la soberanía energética se vuelve un asunto de seguridad nacional en el sentido más estricto: sin control sobre su energía, un país no tiene control sobre su destino.

A 88 años de aquel 18 de marzo de 1938, el llamado es el mismo, pero con un nuevo horizonte: defender el petróleo no como fin último, sino como la palanca que permita a México construir una autonomía energética plena, diversificada y sostenible.

POR JUAN RUBIO GUALITO

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio