Congresistas

Democracias enjauladas

Alfonso Beltrán

Consultor Político

Una encuesta global del Pew Research Center encendió la alarma: en 20 de los 25 países consultados, la mayoría de los ciudadanos cree que su sistema político necesita una reforma profunda o incluso total. Pero la paradoja no se queda ahí: mientras más fuerte es el deseo de cambio, más débil es la confianza en que ese cambio sea posible. Es como un preso que golpea las paredes de su celda sabiendo que la puerta está cerrada desde adentro.

En México, este desencanto tiene rostro cotidiano. La Constitución en su artículo 41 establece que el pueblo ejerce su soberanía a través de los poderes públicos, mediante elecciones libres y periódicas. Sin embargo, la experiencia ciudadana se asemeja menos a un ejercicio soberano que a un ritual predecible: votamos, pero no elegimos; participamos, pero no decidimos. La oferta política está blindada por cúpulas partidistas que filtran, negocian y deciden quién puede aparecer en la boleta.

La democracia se vuelve entonces un escaparate sin fondo: el ciudadano mira, opina y deposita su voto, pero las estructuras del poder siguen intactas.
Es la democracia convertida en vitrina, donde se exhiben opciones distintas pero detrás del vidrio se repite la misma mano que acomoda las piezas.

Lo más peligroso es que este ciclo erosiona no solo a los partidos, sino a la noción misma de lo político. En América Latina ya hemos visto reacciones extremas: la implosión del sistema de partidos en Perú, el ascenso de outsiders disruptivos en Argentina, el voto de castigo que barre con décadas de hegemonía en Chile o Colombia. En todos los casos, el común denominador es el mismo: la ciudadanía harta de votar sin sentir que elige.

México parece ir en la misma ruta. Cada seis años, los ciudadanos entregan un cheque en blanco a una clase política que en gran medida no rinde cuentas. Y mientras tanto, los problemas estructurales —inseguridad, desigualdad, corrupción— se mantienen como un eco persistente.

¿Qué esperar entonces?
En el corto plazo, un creciente abstencionismo o un voto rabioso que premie al más disruptivo, no necesariamente al más capaz. En el mediano, una presión social que busque mecanismos más directos: revocaciones reales, candidaturas independientes sin trabas, presupuestos participativos vinculantes. Y en el largo plazo, si el sistema no escucha, la posibilidad de que la democracia formal se convierta en mero cascarón, tan hueco como la urna vacía al final del día.

La democracia mexicana no está muerta, pero sí enjaulada. Y tarde o temprano, las jaulas se rompen.

Políticos: o escuchan al pueblo, o pronto dejarán de tener a quién gobernar.

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